Se revolvió entre sus
sábanas, inquieto. Había algo en ellas que le molestaba. ¿Físicamente?
¿Mentalmente? Ambas, tal vez. El roce con su cuerpo, con sus piernas desnudas,
lo hacía sacudirse, despojarse de ellas; luego la brisa que entraba por la
ventana, ligera, calma, le producía un cosquilleo entre los vellos de sus
extremidades que volvía a perturbarlo; así era como, extenuado, se cubría con
las sábanas otra vez. De esta manera, el ciclo se repetía incansable,
tornándolo a cada repetición un poco más harto.
Algún lugar en su espalda
empezó a darle picazón. Algún lugar que por desgracia se hallaba en la peculiar
frontera aquella donde las manos parecen no alcanzar del todo, donde nunca uno
puede rascarse con plena satisfacción. Intentó en vano con ellas, para luego
buscar infructuosamente un objeto por los alrededores que le sirviera como
extensión a su mano y así alcanzar el lugar donde la comezón lo acuciaba; no
había ninguno. Estaba muy exhausto como para levantarse de la cama en busca de
un utensilio que cumpliera con tan ajeno propósito, por lo que comenzó a frotar
su espalda contra el colchón, un movimiento bastante tosco, con lo que logró
mitigar en realidad nada su infernal molestia.
Su cabello, entrometido,
quiso participar a su manera, metiéndose en su oído, pegándose en su frente a
causa del sudor, acariciando su cuello, y él no cesaba de apartárselo del
rostro, para luego percatarse de que también le incomodaba tenerlo todo
recogido hacia atrás. Quizá debiera cortárselo a la mañana siguiente. Quizá
debiera arrancárselo con sus propias manos en ese mismo instante, cediendo a la
locura que asomaba cada vez más próxima.
Pero otras cosas desviaban
su atención, pues tantas cosas ya le molestaban que no podía concentrarse en
una sola. Múltiples agentes insoportables iban completando una demencial
orquesta cuyo único objetivo parecía ser tocar con gran habilidad esta
impecable sinfonía de malestares e incomodidades sin fin: los bordes y pliegues
de la ropa con la que estaba acostado, rozando su cuerpo con fastidio; su
almohada, castigando su cuello en una posición, tocando su cara con turbadoras
irregularidades en otra; algún que otro zumbido fugaz que acechaba su oído,
provocando que agite sus brazos con demencia; un silbido, una aullido lejano,
un crujido imperceptible pero incesante, un constante rumor apagado, ruidos
bajo la luna que ponían a prueba sus nervios ya sobresaltados; sin olvidar, por
supuesto, los recurrentes estigmas del comienzo: las sábanas, el cabello, la
picazón.
Esta magnífica pieza
culminó con un profundo clamor que resultó ser su propio grito desesperado, y
se convirtió en una muda plegaria cuando de repente despertó.
Para
ser sólo una cabeza lampiña mantenida artificialmente dentro de un tanque
transparente lleno de líquido espeso, con cables conectados y cruzados por
doquier, tenía sueños bastante extraños.

Problemas de sueño by Khryz Kinzel is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.
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